Cuando lo esperado se convierte en raro
Hace unos meses escribí una entrada cuya metáfora estaba centrada en un espejo, en cómo muchas veces nos perdemos en nosotros mismos y un día, mirándolo, vemos por fin que la imagen que nos devuelve es la que corresponde con nosotros mismos, sintiéndonos así más auténticos que nunca. Y, desde entonces, esa visión basada en un espejo me ha servido para ver otras cosas desde ese punto de vista.
Quizás porque en los últimos meses he cambiado más de lo que pensaba o, sencillamente, he dejado que las cosas sigan su camino. No hace mucho que apareció, por fin, lo que durante mucho tiempo (quizás demasiado) he intentado conservar; algo por lo que he peleado con uñas y dientes para que no dejara de existir, para que, aunque fuese de vez en cuando, pudiera verlo. Pero ahora...es todo tan diferente...ya me da igual si puedo verlo o no.
Fui durante mucho tiempo como el buque más potente del mítico juego "hundir la flota", un acorazado que, representado en un tablero delimitado por líneas ocuparía cinco casillas. Durante todo este tiempo he sido "tocada" en varias ocasiones, pero como gran acorazado he resistido los embistes y he continuado ahí, a flote. Pero ...obviamente, el "tocado y hundido" tenía sus días contados y el mío sólo lo he visto ahora, en la distancia.
Me resulta extraño, por una parte, pensar que rehuso e ignoro completamente lo que he querido durante tanto tiempo. Pero es que...hay cosas que no se pueden farzar; la maquinaria de la vida misma sigue adelante, renqueando en ocasiones y...así, lo que tanto tiempo he esperado se ha convertido en "raro"; y ha sido así porque ahora, y solo ahora, pienso que lo "raro", en realidad, es que haya esperado tal cosa.

