El balcón del tercero
No sé cuanto tiempo volverá a pasar hasta que nos volvamos a juntar todos en un sitio como este, o al menos, muy similar. Quiźa, para entonces, las agujas del reloj hayan corrido demasiado, lo suficiente al menos oomo para ver que, para bien o para mal, nos hemos hechos mayores.
Durante pocos días he podido disfrutar del balcón del tercero, en todos los sentidos. Con unos amigos que sé que van a estar ahí siempre, pese a los vaivenes de la vida y los rumbos que ésta nos invite a tomar. Sin embargo, durante pocas jornadas se ha convertido en el lugar más fresco del hogar, no sólo para centrar las neuronas, sino también para, en fugaces ocasiones, echar la vista atrás; y observar que lo que tenemos ahora, es la cosecha que hemos recogido tras sembrar las semillas. Lo mejor de todo, quizá, sea tener esa sensación de que, pase lo que pase, haremos todo lo posible por intentar juntarnos todos, de la misma manera que lo hicimos no hace mucho en el balcón del tercero.
Porque en el fondo, da igual donde vayamos cada uno, lo que importa es saber que hay amistades que perduran a lo largo del tiempo pese a las circunstancias que plantea el día a día, y que carecen de todas las fronteras que uno se quiera imaginar. Estar entre amigos, entre aquellos que hemos ido conociendo a lo largo de los últimos años y que ya forman parte de nuestra vida, es una terapia revitalizadora que nos invita a dejar todo lo malo que pueda haber a un lado, y nos obliga a quedarnos con lo mejor de cada uno.
El balcón del tercero...suficientemente amplio como para albergar a tan grandes personas; suficientemente espacioso para poder conservar estas amistades. Suficientemente bello para no olvidar nunca a quienes tenemos ahí.
Os echaré mucho de menos.



